Oxiaction y otras Prendas Delicadas.

Relatos y colada poética a secar sin centrifugado previo.

Categoría: Relatos a secar

El fin de una colada poética, el inicio de «algo» que espero saber y poder mantener en el tiempo…

Hace ya unos cuantos años que no paso por aquí. Tuve que hacer el proceso de «recuperar contraseña» así que… con eso lo digo todo. ¿La razón? Siendo honesta, seguro que la falta de constancia o quizá el no saber racionar el entusiasmo en pequeñas dosis…

También es cierto que sufrí varios pánicos por el camino. Siempre tuve la impresión de que escribo mejor cuando atravieso una época intensa a nivel emocional que hace que todo necesite salir hacia fuera. Me muevo bien (literariamente) entre las tristezas, los enfados y los momentos inestables. Y justo en ese instante de máxima ebullición, sentí el vacío, el pánico a escribir. No me sentía capaz de salir del bucle, me hice cada vez muy pequeña a medida que iba leyendo a los y las grandes. Algo parecido a lo que me pasa con cualquier cosa que quiero aprender y la saturación de tener tanta información al alcance, siempre implosiono.

El caso es que hoy vuelvo a esta colada que tantos momentos bonitos me trajo para daros las gracias a todos los que me seguíais. Vuestras lecturas y comentarios me impulsaban a seguir escribiendo con más entusiasmo. Por un segundo hacíais el efecto «cariño he encogido al niño», empequeñeciendo las dudas y miedos por minuto.

¡Al lío! Quiero contaros que me mudo de lugar pero que seguiré detrás de estas letras. He creado otro espacio en WordPress más acorde con el ahora que vivo. Quiero desdramatizar los dramas, quiero visibilizar todos esos miedos, imperfecciones… que precisamente no suelen llenar nuestras Redes Sociales. Así que a todas y todos los que queráis seguir acompañándome en el camino, os invito a esta mudanza 🙂

Nos vemos en www.ladamadrama.com o en Instagram en @la_damadrama.

🙂

Tu vida en versión original subtitulada

Fotografía | Camino Freiría

 

Una ceja con forma de interrogación cierra la pregunta en el pasillo del vagón número tres asiento 13A. En ese mismo instante, un movimiento de trasero se anticipa a mi respuesta.

¿Le importa? ¿Está ocupado? ¬- me pregunta un Hombre Subtitulado. Sus labios no acompañan a sus palabras y al leerlos concluyo que no es una cuestión de desfase temporal entre el sonido y lo que muestran mis ojos. Alguien, otra persona, habla sustituyendo su voz. Resulta evidente ya que su timbre, dulce y juvenil, no concuerda con el hombre anciano que aparenta ser. Entre tanto, los subtítulos se muestran en la pantalla de próximas paradas. La miopía apenas me permite leer:

“No______caso.______él________siempre___déjalo”.

Su presunta voz cuenta que lleva desde el año 1927 atrapado en el tren y que es éste último el que determina lo que puede decir, con quién puede hablar y hasta qué puede ver a través de la ventana del vagón. Simultáneamente, sus labios susurran uno de tantos secretos: no puede soñar, no puede permanecer en un punto fijo, no puede tener una relación humana que exceda más de 1 hora y 46 minutos.

Con mis manos rebozadas en migajas de gusanitos nado estilo mariposa a través del brillo de sus ojos. Nunca antes había estado en un iris tan hermoso. Su planeta ocular está lleno de cascadas de recuerdos que se prolongan por riachuelos de lágrimas, montañas de inseguridad y nubes de cristal donde parecen reflejarse los mejores y peores momentos vividos. Todos ellos, empezando por el primero, su nacimiento, transcurren en el tren.

Me detengo ante una nube de forma rectangular y asciendo por el arco-iris que ésta proyecta en contacto con el sol. Los colores me ciegan, pero me alivia comprobar que a medida que avanzo el arco-iris se va apagando y oscureciendo paso a paso hasta que llego a la esperada nube rectilínea. Ahora que la puedo tocar compruebo que se ha vuelto completamente negra y opaca. Me pregunto si estaré en la pupila del Hombre Subtitulado, mis ojos están en sus ojos y en esa oscuridad al fin encuentro respuestas.

La oscuridad me envuelve hasta que un haz de luz comienza a proyectar su historia en una retina gigante. Echo de menos mi bolsa de gusanitos pero soy realista, de la pupila al asiento del tren hay un par de sueños por lo menos. Consciente del tiempo que supone un viaje de tales características, convierto el dedo pulgar en piruleta salada.

Es entonces, en este extraño cine mudo, cuando creo comprender algo de lo que sucede. La super-retina muestra como un hombre, durante 60 años todos los días a la misma hora, cogía el mismo asiento del mismo tren para situarse a lado de ella. Ella es la pasajera recurrente del vagón número 3 asiento 13A. Así se me presenta, ese es su nombre.

Y como a ésta, que repetía el mismo proceso, nunca había sido capaz de dirigirle más de cuatro palabras al dejarse llevar por la dictadura de sus miedos.

Hasta que un día, esto lo deduzco yo, el propio tren cansado de esa escena recurrente de amor pospuesto decidió tomar medidas para buscar una reacción en los protagonistas. Empezó doblando la voz de él para intentar ponerle en su boca palabras que le ayudasen a dar el paso y lanzarse, pero resultó un auténtico fracaso. Probó a subtitularle pero la pasajera recurrente no reunía el valor suficiente para hacer un mínimo contacto visual con su rostro. Y finalmente, optó por un camino más drástico:

Cada vez que él se encariñase con alguien y no obrase en consecuencia, cada vez que su imaginación avanzase más rápido que el tren y no tuviese ninguna consecuencia en el mundo real, éste le castigaría con cientos de kilómetros de túneles amarillos y palabras subtituladas.

Vuelve la luz a la pupila y la presencia de la pasajera recurrente se desvanece. Cansada, busco la pestaña más larga del párpado inferior y desciendo sobre ella. El tobogán me lleva de nuevo a mi asiento y sin tiempo para recomponerme, una ceja trajeada me pide muy amablemente el billete:

¿Todo en orden? – pregunto. Tengo miedo, siento por momentos que mis palabras están siendo dobladas, subtituladas o robadas por alguna otra boca del vagón. Me anticipo a su respuesta y me levanto para resultarle más accesible. Busco entre mis bolsillos el carnet joven hasta que me doy cuenta de que hace años que no me acompaña en mis viajes. Mientras, sin apenas darme cuenta, me tica el corazón haciendo una pequeña perforación: un piercing cardiovascular.

Tengo la extraña sensación de haber vivido ya ese momento, rebusco en mi pupila pero no encuentro una explicación lógica. Con la mano izquierda, libre ya de migajas saladas, me palpo el corazón y encuentro cientos, miles, millones de perforaciones de lo que parecen ser otros viajes. ¿A caso el tren también me está castigando? ¿Por qué me tica el corazón?

Busco consuelo y respuestas (por este orden de prioridades) en el Hombre Subtitulado, pero ha desaparecido. En su lugar el asiento sufre un ataque de asma y respira frenéticamente intentando recuperar su forma. El Trenbasmín difumina poco a poco el hundido del trasero anciano mientras siento en la cara una lágrima que no me pertenece.

Trucuchún | Trucuchún | Entro en un Túnel Amarillo.

1 hora y 6 minutos de máxima luminosidad puede llegar a ser más agotadora que la oscuridad absoluta de un túnel convencional. Mientras me recupero del castigo que ahora el tren parece imponerme, alguien introduce sus dedos suavemente en mis perforaciones torácicas. Sin darme tiempo a reaccionar, cierra el puño y me atrapa.

No me había presentado. Soy Tomás, usted? – me susurra con voz temblorosa y en versión original, el Hombre exSubtitulado.

Ahora mismo el tren continúa en marcha.
Se oyen puertas involuntarias que se abren a mitad de trayecto.
Un ordenador subtitula la megafonía:

Tren sin destino.
En la próxima parada, dejen entrar antes de salir – corriendo.

 

Ojos | Camino Freiría    Palabras | Iria Otero

Retrovisor vital.

Foto | Camino Freiría

Foto | Camino Freiría

Te dejé hace nueve años. Nuestra relación ya no podía dilatarse más que tu ventrículo izquierdo (Reparación de Junta de la culata, 2007). Demasiados tornillos flojos en tu chasis óseo, fallos en los elevalunas menguantes de media noche, el cierre descentralizado de tu boca…

Desde entonces, debes saber, que mi vidómetro avanza a más de 270 kilómetros/ hora pero se me hace tarea imposible olvidarte. Zona azul, zona verde, zona multicolor…¡qué se yo!. Parkings públicos, privados, autopistas, caminos sin salida… estás en todas partes.

Hoy sé que te vi. El parpadeo inconfundible al poner los ojos de posición, te delataron. Ahora, más cerca, observo minuciosamente todos los recuerdos en el retrovisor vital compartido.

Luces de emergencia.
Parpadeo.
Inspección Técnica de Ventrículos.
Aquí te espero.

Ojos | Camino Freiría    Palabras | Iria Otero

Seis años.

Imagen | Jamie Beck & Kevin Burg

Imagen | Jamie Beck & Kevin Burg

 

Cuando el inspector llegó a la escena del crimen se quedó un buen rato analizando mis ojos de rape, cual abuela experta en busca de un matiz brillante que delate mi grado de frescura. ¡Qué ironía! Ese día cumplía la friolera de seis años tendido sobre la alfombra del salón y nadie se había percatado aún de mi presencia/ausencia.

Aquel 5 de abril ella acabara conmigo de un portazo en la sien y una frase disparada en la misma trayectoria: me comeré el mundo. Hoy yo, miedo transitorio, reaparezco porque necesita volverme a disparar para seguir creciendo.

Texto legal en el cielo.

Imagen | Jamie Beck

Imagen | Jamie Beck

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