A trompicones.

por Iria Otero Fernández

A Trompicones | Iria Otero

Cinemagrafía | rrrrrrrroll

Me despierto como todas las mañanas convertida en un bebé prematuro. Cinco alarmas de despertador espaciadas por intervalos de quince minutos contraen mis párpados hasta la hora del parto, 08.05 am. Punto de no retorno.

Las sábanas se retuercen en un grito de pereza y me expulsan de la cama. Dispongo exactamente de 16 minutos para reaprender a gatear, caminar, decir “papá”, “mamá” y todos los fonemas de mi lengua materna, corregir la curvatura fetal de mi espalda, saciar el ansia lactante con un desayuno express, cambiarme el pañal, ducharme, vestirme y pinzar el cordón umbilical que durante casi ocho horas me mantuvo conectada a la almohada alimentándome a base de sueños, pesadillas frescas y otros nutrientes nocturnos.

Entonces, con la partitura matinal aparentemente bien ejecutada, el traje de astronauta puesto y excediéndome dos minutos más de lo previsto, salgo de casa preparada para perder un día más el autobús.

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