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por Iria Otero Fernández

Imagen | Julien Douvier

Imagen | Julien Douvier

A media mañana y en plena jornada laboral de tristezas Ramiro Fernández, inspector de secretos, atravesaba el descuidado y culebrónico jardín de la familia Álvarez Espinosa. La matriarca, que ya había identificado su rostro aséptico y plasticoso desde la ventana de la habitación principal, advirtió a sus hijos de la llegada inminente de aquel empleado público que no tenía mayor intención (en principio) que la de mantener la máxima transparencia emocional en la sociedad moderna, blablablá, bla blá.

Tenían exactamente 3 minutos 27 segundos para activar el protocolo habitual de visitas antes de que el timbre en La menor anunciase el inicio de aquella obra teatral tantas veces interpretada. Sus espectadores, muebles quejumbrosos por la humedad de sus articulaciones y paredes acneicas aún convalecientes de una adolescencia tardía, aplaudían con desgana al principio y final de cada actuación.

Mientras el más mayor de la casa substituía con destreza de pianista cada una de las bombillas blancas tono hospital, por otras amarillo – calidez otoñal, el mediano pasaba rápidamente la aspiradora eliminando todos los sueños en polvo y escombros de niñez que reinaban en aquella casa. La abuela Maira Espinosa, retiraba torpemente las telarañas que la mantenían soldada a la mecedora y sacaba de su bolso juguetes, chocolatinas y cuentos jamás contados atrezzando con una dirección de arte exquisita el salón de aquella casa (escenario principal).

Mascamos chicle sin azúcar para descongestionar la musculatura de la boca y poder sonreírle al Inspector Ramiro sin la rigidez propia de alguien que camina por primera vez tras media vida postrado en una cama.

Y entonces se abrió el telón en las ventanas, entrando una luz intensa que cegó a espejos, lámparas y colores desaturados dibujando al contacto con la humedad de nuestras lágrimas pasadas, un falso Arco Iris invertido.

Pero aquel día Ramiro Fernández entró por la puerta de la cocina y lo que allí se encontró fue el preparativo de la función más triste que jamás había visto. La corrupción emocional que aquella familia padecía habían burlado las leyes de la transparencia para guardar el secreto de una triste adicción: la adicción a la tristeza.

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