El congelador de croquetas vitales

por Iria Otero Fernández

Imagen Bill Domonkos

 

Existen personas que siempre hacen comida para que sobre, normalmente, las que menos habituadas están a la compañía. Así, todos los domingos, las abuelas gallegas, griegas y egipcias se levantan disfrazadas de pequeñas brujas tiernas y dulces que todos nosotros, afectados por el síndrome Hansel e Gretel, esperamos con impaciencia. Existen también personas que echan arroz con el tapón del detergente hasta la primera línea, toman la sopa con cucharas marcadas de jarabe con sabor a plátano y cortan las puntas de las zanahorias con cortaúñas. Saborean milimétricamente todos sus ingredientes vitales y conforman el equilibrio perfecto entre azúcar y sal. En cambio, están las personas que hacen dieta, empeñadas en envasarse al vacío en el pantalón de la felicidad. Cuando por fin caen en la tentación, se abren las costuras del envase y recuperan el aire perdido luciendo sus propiedades. Pero Pequena Amelie non cenaba. Todas las noches preparaba croquetas con los restos y las guardaba en el segundo cajón del congelador.

A menos seis grados, en bolsas transparentes y con la fecha del día escrita con permanente rojo extrafino. Ese fue durante mucho tiempo el aspecto de los ingredientes vitales de aquella niña. Con resignación todas las noches cogía la tartera más honda que encontrase e introducía recuerdos desalados, miedos pelados, lágrimas disecadas y angustias varias. Con la Termomix programaba siete minutos a temperatura máxima, momento exacto de fusión de los elementos y donde Pequena Amelie quedaba sin aliento al no poder continuar gritando. Alcanzado pues el punto de desahogo, llegaba la hora del baño con jabón de huevo batido y talco de pan rallado para adecentar un poco la cosa. Terminando el ritual, abría la puerta del congelador y enterraba en el cementerio Bosch de la cocina aquellos sentimientos para que descansasen en el olvido.

Pasaron días, meses, años… hasta que el congelador-cementerio cerró porque ya non había espacio. Pequena Amelie cayó enferma, los médicos decían que ya non sentía, vivía en abstracto y soñaba con la realidad.

Un día rojo, cuando el lavado de corazón fue pleno, la niña que era se levantó por fin del sofá. Puso aceite refinado y rosa de mosqueta a calentar y abrió la puerta del cementerio Bosch a menos seis grados. Frio una a una las croquetas de sentimientos, de sobras vitales inolvidables. Cuando dieron las doce de la noche y como si de uvas se tratase, las comió una a una.

Recuperado el sexto sentido (el culebronizador) compró un libro de cocina moderna. Únicamente empleó el congelador para luchar contra los anisakis. Eso sí, continuó soñando en modo real y viviendo en abstracto.   

Texto recuperado del congelador vital | Cosecha 2007.

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