Mesillas expendedoras.

por Iria Otero Fernández

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7.57 am.

La alarma del despertador se fusiona con el olor a café y tostadas requemadas del 4ºC. Ella, aún dormida, desploma el brazo manteniendo la distancia milimétricamente ajustada para alcanzar el cajón de la mesilla expendedora.

¡Clinch – Clonch! El dichoso mueble se abre como una caja registradora de pequeño supermercado. Extra, extra! – el cajón mesillil reclama su atención sin perder el entusiasmo y aplomo de todos los días.

Mientras abre progresivamente los ojos, palpa con desgana. <Estupendo, otra vez tapas blandas… que poco glamour!> Ya con la pupila ajustada, decodifica el índice del día buscando algo destacable: un giro dramático en la trama, un nuevo protagonista quizá, un final abierto que le pueda causar una noche de incertidumbre enamoradiza, una anécdota que subrayar, un fenómeno meteorológico aunque sea! – piensa para si aferrándose ya a cualquier cosa.

Nada. Prosigue con la lectura, pero la primera página del día narra a la perfección y con una prosa pesudocientífica, la primera página de todos los días.

Se convence a si misma de que no quiere convertir su día a día en un libro cargado de sueños de bolsillo, en una trilogía de una trama estirada en páginas y páginas vacías. Como quien estira el chicle en una pregunta de examen que no ha estudiado.

01.03 am.

Con la picardía propia de la niña que aun sigue siendo, se dispone a engañar al viejo mueble sustituyendo el libro vital de tapa blanda por uno de Editorial y Autor de renombre plagado de desencuentros amorosos, pasión a grandes dosis y aguaceros de tristeza. Es perfecto – piensa para sí – lo que necesitaba. Bestseller vital, ven a mí.

7.58 am.

La alarma del despertador de nuevo se fusiona con el olor a café y tostadas requemadas del 4ºC. Ella, aún dormida, desploma el brazo manteniendo la distancia milimétricamente ajustada para alcanzar el cajón de la mesilla expendedora.

Espera al Clinch – Clonch pero no sucede nada. Se palpa los brazos, la cara… ¿estaré muerta? Lo comprueba y, aunque aliviada, su respiración sigue siendo taquicárdica. ¿Por qué no se abre?. Se incorpora para forzar el cajón del dichoso mueble pero como las almejas malas, éste se niega a abrirse.

Hace palanca con todas las fuerzas de su cuerpo y del impulso cae hacia atrás. Un fuerte golpe contra la baldosa y el cajón sale disparado. Nada en su interior.

De pronto lo vio todo claro. Sus sueños de tapa dura, sus protagonistas de película melodramática habían conseguido lo imposible. No valía nada como escritora vital y ahora, era la mesilla expendedora quien (como es lógico) le había dado la espalda harta ya de tanta desgana.

 

Ella no se había aburrido de su vida.
Su vida se había aburrido de ella.
(y con razón).

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